Zona Maco: cuando el asombro no aparece

Entré a Zona Maco con la expectativa abierta.
No buscaba gustar ni coincidir, solo dejarme atravesar por lo que estuviera ahí.

Recorrí la feria completa.
Con calma.
Sin prisa.

Y, sin embargo, algo fue claro desde muy temprano: no hubo pausa.
No hubo ese momento en el que el cuerpo se detiene antes que la mente.
Ese segundo de sorpresa silenciosa que no necesita explicación.

Lo que encontré fue un paisaje muy específico:
mucho abstracto, mucha materia, muchos materiales orgánicos, mucha geometría, sólidos, volúmenes contenidos, estructuras cerradas, paletas apagadas, discursos bien construidos.
Todo correcto.
Todo bien resuelto.

Vi obras de artistas que admiro profundamente, referentes fundamentales en la historia del arte y en mi propia formación —como Fernando Botero o Carlos Cruz-Diez—, cuya presencia siempre es valiosa.
Pero más allá de esos encuentros puntuales, como propuesta general, no apareció nada que se sintiera nuevo o capaz de detenerme.

Y ahí, para mí, se hizo evidente una ausencia.

Ausencia de color entendido como emoción viva.
Ausencia de rostro.
Ausencia del presente.
Ausencia de la tecnología no como estética, sino como condición de la era que estamos viviendo.

No aparecía lo digital como experiencia humana:
el error, el glitch, la identidad fragmentada, la memoria que falla, la tensión constante entre cuerpo y pantalla.

La insistencia en geometrías y formas autosuficientes reforzaba una sensación de control.
Obras que se sostienen solas, que no necesitan al espectador para completarse.
Objetos más que encuentros.

No se sentía contemporáneo en el sentido vivo de la palabra.
Se sentía seguro.
Validado.
Un poco distante.

No es una crítica a las obras ni a las galerías.
Es una lectura desde mi sensibilidad y desde el lugar desde donde yo trabajo: la conexión humana, la vulnerabilidad, el pulso emocional.

Hubo momentos en los que me pregunté si era yo la que esperaba más.
Si estaba recorriendo “bien” la feria.
Si algo se me estaba escapando.

Pero el cuerpo no miente.
Y cuando nada te detiene, cuando nada te obliga a quedarte un segundo más, también hay una lectura ahí.

Tal vez esta edición no estaba pensada para el asombro, sino para la certeza.
Para la estructura más que para la emoción.
Para la forma más que para la herida.
Para el objeto más que para el encuentro.

Y eso también dice algo del momento que atraviesa cierto circuito del arte.

Salir de Zona Maco no me dejó frustrada.
Me dejó clara.

Clara sobre lo que no quiero apagar en mi trabajo.
Clara sobre la importancia de seguir buscando obra con vida, con riesgo, con preguntas abiertas.
Clara sobre el tipo de conexión que me interesa provocar, aunque no sea la dominante.

No todas las ferias son para enamorarse.
Algunas solo sirven para confirmar la brújula.

Y hoy, eso, ya fue suficiente.

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