Pintando con Scarlett
Ayer tuve la oportunidad de participar en una actividad artística en la Fundación Margarita Tejada.
Llegué sin saber exactamente qué esperar. Como suele ocurrirme cuando entro a un lugar desconocido, encontré en el arte un lugar seguro mientras observaba, escuchaba y trataba de entender la dinámica del grupo.
Me asignaron trabajar con una niña llamada Scarlett.
Pronto encontramos nuestra propia forma de colaborar. Yo hacía algunos contornos y ella rellenaba con color. Entre pinceles, pinturas y conversaciones sencillas, también hubo pequeñas lecciones importantes, como descubrir que limpiar los pinceles es tan importante como saber utilizarlos.
Pero lo que más me llevé de la experiencia no fue una pintura terminada.
Fue observar.
Observar cómo cada persona abordaba el mismo ejercicio de una manera distinta. Cómo resolvía problemas, cómo elegía los colores y cómo encontraba su propia forma de expresarse. Me recordó algo que a veces olvidamos: no existen dos maneras iguales de ver el mundo.
Esa observación me llevó a pensar en algo que aparece con frecuencia en mi trabajo como artista: la identidad.
Paso gran parte de mi tiempo reflexionando sobre aquello que revelamos y aquello que ocultamos. Sobre las capas que construimos para relacionarnos con los demás y con nosotros mismos. Quizá por eso me llamó la atención la naturalidad con la que se acercaban al acto de crear: sin pretensiones, sin necesidad de justificar cada decisión, simplemente presentes en lo que estaban haciendo.
Mientras los observaba, pensé en los filtros que acumulamos con los años.
No los filtros de una fotografía, sino aquellos que aparecen cuando comenzamos a preocuparnos por hacerlo bien, por encajar, por cumplir expectativas o por evitar equivocarnos. Capas que, poco a poco, se interponen entre quienes somos y quienes mostramos ser.
La experiencia no me hizo pensar en nuestras diferencias.
Me hizo pensar en todo lo que compartimos.
Porque frente a una hoja en blanco, todos buscamos lo mismo: una manera de expresar quiénes somos.
Y porque, al final, la autenticidad no consiste en ser perfecto ni en decir siempre lo que pensamos. Consiste en habitar quienes somos con menos miedo.
Quizá por eso la experiencia me acompañó de regreso a casa. No por la pintura que hicimos, sino por lo que me permitió observar.
En un mundo cada vez más lleno de filtros, recordar eso puede ser una de las formas más valientes de existir.